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viernes, 28 de mayo de 2010

Silencio




A veces no hay nada más elocuente que el silencio. Cuando el silencio es la respuesta a las preguntas que no me atrevo a hacer entiendo que no estoy sola. El silencio que queda cuando las palabras no alcanzan, cuando nadie las escucha, por no poder, por no saber, por no querer…

Espontáneo silencio colectivo que grita lo que sabemos callar, hasta que bajen las aguas, hasta que contemos los daños, hasta que nos reencontremos todos a salvo en la misma orilla donde nos pilló la incertidumbre, o peor aún, la certeza.

Silencio ensordecedor que nos confirma que somos muchos los mudos que hoy gritamos. Silencio que nos da fuerza. Silencio imposible cuando se habla de libertad, silencio necesario para poder alcanzarla. Terrible silencio que anuncia ausencias. Silencio ajeno al “quien calla otorga”, silencio que gana tiempo, que ordena ideas, que busca fijar los pies sobre la tierra. Sólido silencio que precede a la batalla.

Silencio astuto de quien conoce al enemigo y sabe que lo tiene cerca, encima, respirándole en la espalda. Silencio que salva, por ahora, mientras tanto…

¡Cuántas cosas nos dice el silencio! ¿Nos escuchan?

Mañana recobraremos el habla, unos primero, otros después y claro, habrá que ser cuidadosos, para no herir a nadie, para no resultar heridos. Y vendrán los dedos policiales, las siembras de sospechas, el equívoco enemigo te convertirá en el enemigo. Y continuará la pelea que es la misma que empezamos hace años, con las variantes que nos deja el desgaste del tiempo, el empalagamiento, la perplejidad, con nuevos y previsibles frentes, pero siempre la misma pelea, esa que mientras más cuesta arriba se pone, tanto más sabrosa es pelearla.

Mientras dura el silencio escucho a mi consciencia que me exige que no la abandone, que la revolución es ética, que nadie puede invocar la disciplina en perjuicio de los principios, que madurez política no es acatar porque sí, no es ceder el paso a la mentira con premeditado disimulo ¿a favor de quién? Sin duda en contra de nosotros mismos, contra la esperanza, contra la certeza de que el país que soñamos es posible, contra la convicción de que ya no hay vuelta atrás, porque ya despertamos, porque no volveremos a dormir el sueño tonto que se vuelve pesadilla, el sueño que entrega los sueños...

Amaneceré mañana después de una noche disfrazada de la calma que sugiere el silencio, de un breve descanso para recuperar la voz que se me anudó en la garganta. Mañana tendré palabras, mañana o pasado comenzaremos a escuchar el goteo de las voces amigas, mañana será otro día… Mañana o pasado...





domingo, 23 de mayo de 2010

El anticandidato







Ya que estamos en plena discusión interna, muy interna, para la selección de nuestros candidatos lista, yo, siempre metiche, quisiera describir al candidato que no quiero.

Se trata de un sujeto, o “sujeta”, cuyo discurso invoca hasta el empalagamiento al poder popular, manoseándolo, vaciándolo de sentido, temiéndole sin saber disimularlo, subestimándolo, pretendiendo cautivarlo con la promesa de cumplir las promesas que no ha cumplido, materia de arrastre de tiempos recientes, en otras funciones, en otros despachos.

Sonriente, dichoso portador de un teléfono por el cual recibe ordenes directas de Él, que le pide, que “o tú o nadie”, que por favorcito sea candidato. Un teléfono que jamás suena en la soledad de un baño, noooo, un aparatico que sólo sabe sonar cuando hay testigos en quienes sembrar la duda.

Mi anticandidato viste de rojo rojito, de arriba a abajo, por dentro y por fuera, en un intento inútil por sepultar la adeca blancura que embarra su alma. Y no es que haya sido militante adeco en tiempos pasados, es que se descubrió adeco apenas probó un bocadito de poder. Mi anticandidato creyó en la justicia social mientras que el sueldo no le alcanzaba, ahora le parece una injusticia social la ley que le pone tope a su exorbitante salario.

Mi anticandidato sabe citar a mi Presi, a Fidel, y a Bolívar, por supuesto, lo lleva siempre en los labios babosos, mi pobre Bolívar, muerto del asco y rabia, en boca de otro traidor. Experto en marxismo, lo tiene clarito: el socialismo es el camino a predicar pero nunca el camino a andar, al menos no él, o ella, que ahora sabe ser rico no es malo. Lo malo, lo único malo, es que debe disimularlo…

Quisiera salir del closet, piensa el anticandidato. Con ese realero que tengo y no puedo lucirlo ¿O si puedo? Además ¿Qué van a saber esos tierruos que mi portacelular es Gucci y que me costó sueldo mínimo y medio? Ya está, que salgo y si alguien me dice pío lo acuso de infiltrado, alborotador, contrarrevolucionario, y si dice ñe le mando a mi gente en cayapa y “llegaremos a las más altas instancias, hasta las últimas consecuencias, a la Dirección Nacional y… -¡riiing! sí, soy yo, si mi comandante presidente a sus ordenes como siempre, sí chicoooo, tu sabes que no te voy a fallar- que fastidio con este teléfono directo a Miraflores ¿En que estaba? Ah, en que ¡Ay! de ti si vuelves a decir ñe.”

Ese, que se lanza para todo, que a codazos y empujones siempre sale en la foto, que estorba a peso muerto como quien no quiere la cosa. Ese que, en nombre de la disciplina, niega el voto consciente. Ese es el anticandidato que no quiero.

Ahí están nuestros votos, vengan, pues, los candidatos.



sábado, 8 de mayo de 2010

Disculpen ustedes.







No sé cómo dejar de aspirar a tener un país justo, libre y soberano. No sé cómo sentarme a un ladito a ver cómo se desmoronan mis Barrio Adentro, mi Misión Milagro, mi Cardiológico Infantil. No sé como dejar que desaparezcan las Escuelas Bolivarianas, con su desayunos, almuerzos y meriendas para los muchachitos. No sé cómo permanecer impávida frente a la explotación, el hambre, la desesperanza. No sé como no inmutarme mientras una enredadera de desidia se traga lo que con tanta alegría y esfuerzo hemos logrado.

No sabría vivir sin esperanza una vez que aprendí a tenerla. No sabría cómo darle a mis hijas un futuro desvalijado como el que me dejaron mis papás. No sabría verlas partir a buscarse la vida en otro país donde, seguramente, me parirían nietos extranjeros. No sabría heredarles una lucha que yo no fui capaz de hacer.

No sabría despertar cada mañana si la vida no tuviera un propósito más allá de llegar viva a la noche, para volver a amanecer en otro día insípido sin razones para ser vivido. No sabría domesticar mis ideas. No sabría edulcorar la amargura del fracaso.

No sé querer vivir una vida tranquila cuando la tranquilidad implica ceguera. No sé no sentir el dolor de otros, no sé desear no sentirlo. No sé no indignarme ante la frivolidad de las obras de caridad para pobres. No sé no rebelarme contra la estupidez de preferir ser defensora de mis opresores y a la vez que oprimo a otro más oprimible para sentir que no soy yo la oprimida . No sé ser ni el león hambriento ni el herbívoro torpe del darwinismo social.

No sé acomodarme en el término medio de quien empieza algo y no lo termina. No sé considerar el pasado como alternativa. No sé creer que todo lo que es rojo brilla, aunque sé que nada brilla más que el rojo. No sé ceder espacios ganados a pulso, no sé cansarme, no sé soportar la sonrisita burlona de los idiotas que nos creen idiotas. No sé tragarme discursos sin acciones que los respalden. No sé creer que el enemigo es uno solo y que está allá del otro lado. No se desilusionarme. No sé abandonar la pelea justo cuando hay que pelearla… ¡Qué vaina, tantas cosas que no sé!

No sabría regresar voluntariamente al letargo del que nada puede. No sabría arrullar al pueblo para que volviera a dormir. No sabría dar un portazo a los sueños y sentarme a esperar la imposibilidad de que la historia nos volviera a tocar la puerta.

Perdonen que sea tan tonta y tan recalcitrante y que, por no saber hacer lo que no sé hacer, permanezca fiel a mis convicciones. Disculpen ustedes, pero yo no sé, ni quiero saber, cómo bajarme de la revolución.




sábado, 1 de mayo de 2010

El lomito, el Coco y la voz de Dios.






Otras elecciones, otra vez la revolución pendiendo de un hilo: Vienen por Chávez, la derecha acecha, la CIA financia, la canalla prepara canalladas. El temible enemigo es una mesa de unidad pegada con saliva y moco.

¡Mosca pueblo! Miren a Borges y sus cuatro gatos, a lo que queda de Enrique Mendoza, a Mari Cori y sus rodillitas chic, a la contrarrevolución que está allá, en el este de Caracas y sus sucursales de provincia. Témanle mucho aunque ésta sea como el Mago de Oz.

¡Disciplina! -nos siguen diciendo- Que el destino de la revolución está en sus manos, miren que pudieron autopostularse ¿no?, que todos somos iguales aunque a mi me apoye, hecho el pendejo, un ministerio con su departamento de prensa, aunque algunos seamos amigos de alcaldes y gobernadores, aunque yo tenga acceso a una entrevista en Venevisión, o a dar ruedas de prensa como vocero del partido, aunque el lomito de los candidatos lista quede reservado para la Dirección Nacional... todos somos iguales.

Nosotros, las bases nos lanzamos con candidez a buscar a nuestros candidatos, nosotros cumplimos con todas las normas, nosotros no tenemos instituciones del estado que organicen actos de campaña disfrazados de charlas sobre “ La importancia del repollo en la dieta revolucionaria del hombre nuevo”. Nosotros andamos a pie mientras otros, pregonando igualdad de oportunidades, van en avión.

A pie iremos a votar, honestamente, con disciplina, fieles a nuestros principios revolucionarios. Veremos pasar lo que nos pasa cada vez que hay elecciones sin una pizca de resignación. Esperaremos los resultados, esperaremos a ver si ganamos algunos puestos, algunos más que la última vez, para confirmar que vamos venciendo.

Nosotros votaremos, pero la pelota queda en Dirección Nacional que tendrá la responsabilidad de escoger a los candidatos lista -recuerden, el lomito-, los que tienen más opción que quienes, contra instituciones y alcaldías -¡perdón!- contra viento y marea, fueron electos por la voz de Dios.

Por lo tanto, la voz de Dios no se hace responsable de las posibles metidas de pata de la Dirección Nacional. Así que escojan bien el lomito que nos van a servir. Que no tenga pellejo y sobre todo, que no huela a podrido. No embarren a mi presi con un bistec de tercera que se nos vaya a atragantar, no cuenten con el chantaje de la revolución en peligro, que ni creemos en el Coco de la oposición ni nos resignamos al mal menor. Que conocemos al enemigo más apremiante y sabemos bien donde está.

Escojan bien, pues las culpas no son endosables y no hay margen para el perdón: la pata que se meta en el barro, en el barro se quedará.